La novela es siempre un género de madurez. Su arquitectura, así como la construcción de personajes, presenta una laboriosidad que se nutre tanto de experiencia como de reflexión, lo que en definitiva requiere tiempo y perspectiva. Solo al frisar cierta edad puede un escritor trazar con tino cierto tipo de novela.
El mismo novelista que en 1968 escribió El mercurio, novela pionera que rompe con todas las convenciones del realismo, se convierte en uno de los más devotos cultivadores de la novela con voluntad de novela que nace con el romanticismo y culmina en el realismo, sin abandonar su afán renovador.
Un crucero por el Nilo ofrece una estupenda ocasión para el asesinato, y, en su nueva novela de misterio, Muerte en primera, clase, J. M. Guelbenzu reúne a víctimas y asesinos no en una casa de la campiña inglesa, como en las viejas intrigas criminales, sino en Egipto, a bordo del Royal Princess, hotel flotante de tres pisos y nombre inglés.
Carmen Montesquinza, una millonaria de las de antes, con clase, hace el clásico crucero turístico por el Nilo, acompañada de su peculiar familia, su abogado y asesores financieros.
Si en la última entrega de las aventuras de la juez (de instrucción) Mariana de Marco, el homenajeado, desde el título (El hermano pequeño), era el gran Raymond Chandler, en ésta, con un brillante Nilo al que arrojar cadáveres de fondo y personajes de alta cuna y retorcidas intenciones sobre cubierta, la homenajeada es sin duda la dama del crimen por excelencia: la gran Agatha Christie.