Aire fresco. Esta es la sensación que anima al lector que se adentra en esta novela. Acostumbrados a toda clase de dramones agónicos o perversamente costumbristas con los que nos dan gato por liebre día sí día no, la lectura de El río es un alivio.
Todo empezó un día que ya no recuerdo, pero que nunca podré olvidar. Hasta entonces, yo había sido un lector compulsivo de las obras casi completas de...
A nadie se le ocurre pensar que el hecho de hablar tenga nada de extraordinario; todo el mundo habla. En cambio, la lectura se considera un bien poco menos que extraordinario, algo a lo que hay que aspirar, algo que hay que fomentar.
Segundo decenio del siglo XX. Una pequeña ciudad, V., cercana al escenario de la guerra. Sus habitantes viven, trabajan y duermen oyendo el fragor del frente al fondo, pero no están directamente afectados por el horror del combate.
El elegante, culto, coleccionista y sofisticado Lord Peter Wimsey asiste a un juicio en el que se acusa de asesinato a una joven, Harriet Vane, autora de novelas policíacas.
Dentro de la novela criminal, hay dos nombres que, en mi opinión, son lo más alto, las dos cumbres del género: Dorothy Sayers en lo policíaco y Dashiell Hammett en esa evolución del género llamada novela negra.
Fred Vargas es distinta. Esta novela lo muestra a las claras. No cae en la tentación de la denuncia socio-político-económica a costa de una conspiración de poderes, ni cae en el clásico detective descreído harto del Estado, la Justicia, la corrupción y de sí mismo, ni se dedica a matar a diestro y siniestro a todo bicho viviente, ni deja cabos sueltos por todas partes, que es lo más corriente.