Esta pared de hielo

2005 - JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS / ABC

Con una dilatada carrera literaria a sus espaldas, y tras dos novelas últimas del género policíaco, que había resuelto muy bien, pero que significaban “otra cosa”, José María Guelbenzu afronta de nuevo una novela de gran calado, comprometida como pocas, como si esta entrega respondiera a un desafío personal meditado durante los cuatro años que ha durado su composición. Han merecido la pena. Considero que Guelbenzu ha dado su mejor libro, consciente quizá del reto de afrontar un tema que tiene su fuente nada menos que en Virgilio, y que cruza por Dante, hasta llegar a Herman Broch en La muerte de Virgilio. En el libro VI de la Eneida (v.210 y ss.) encontramos a la Sibila de Cumas que lleva a Eneas al Averno, y encuentra allí las almas de quienes esperan que Caronte les transporte a la otra orilla, la del olvido, lo que ocurrirá cuando hayan finalizado las pompas fúnebres. En el caso de la Eneida, las que plañían a Miseno, en esta novela de Guelbenzu se trata del velatorio de Julián Bo, un gris gerente de una empresa de exportación de cítricos.

El alma de Julián sostiene un diálogo (que casi es un monólogo) con un formidable Caronte, quien ha oído a tantos ya y de todos se desentiende, que resulta más sabio aún que su propia historia. Esta formidable hendidura en la Muerte, la Vida, el Destino, la futilidad, etc., se ofrece mientras se desarrollan en capítulos alternos otras dos escenas que van completando la triple estructura de la novela: el velatorio propiamente dicho, que ocurre en un Tanatorio madrileño, donde acuden variopintos personajes que tuvieron algo que ver con la vida de Julián, y un diálogo de Inmaculada, su mujer, ahora viuda, con otro espléndido personaje, Leonardo, en quien poco a poco iremos descubriendo tras su cortesía donjuanesca al Diablo.

Tres estratos. Puede resultar engañoso el doble plano con que Guelbenzu ha querido afrontar la Muerte (el argumento de la obra, y nunca mejor dicho): no sólo en su faceta dramática, lo que ocurre en los capítulos de la doliente voz del alma de Julián, y las acertadas respuestas de Caronte, sino también en las humorísticas escenas del velatorio, que dan lugar a otros varios registros, entre los que se encuentra la farsa, la sátira socioliteraria, etc. En suma, casi siempre en ese tanatorio se ofrece un mosaico de la mediocridad social, que aunque discurre por tonalidades humorísticas, esconde en su sarcasmo un muy nutrido realismo.

También en el velatorio se ofrece un último registro, el elegiaco, cargado de emoción lírica, por medio de dos figuras laterales que visitan el cadáver: la amante desconocida de todos, y el que fuera amigo de niño, hijo de los porteros de su casa. Ambos desarrollan sendos lugares de elegía, en fragmentos muy inspirados, contrapunto del sarcasmo que retrata a los tertulianos pseudopoetas con los que Guelbenzu da un sonado desplante a la vida literaria española.

El asedio al que mientras tanto Leonardo somete a Inmaculada es antológico, como pieza literaria, por la calidad de los comentarios de este Diablo y su cínica cortesía. Pero, en la medida que van afrontando la vida anterior de Inmaculada con su marido Julián, ofrecen también la otra perspectiva, la de la mujer, y los grandes temas que lo son del matrimonio, de muchos años de rutinas, sin desdeñar la compleja psicología del momento que exhibe una Inmaculada, halagada por el arcaico donjuanismo de Leonardo, con situaciones que van ganando en matices conforme avanza la novela y vamos conociendo la leve trama del maletín, que Guelbenzu ha introducido para darle la movilidad necesaria. Aunque en el fondo no la precisaba, porque la trama central es la Vida, en el momento de su rendición de cuentas. En el fondo no hay asunto que en la novela, en sus tres estratos, no mueva a una reflexión: la educación de los hijos, la ternura, la inocencia, la culpa, la perplejidad, la mediocridad de la rutina, la grisura de las vidas, las torpes renuncias. Julián va repasando en sus monodiálogos con Caronte grandes asuntos de una hondura que resulta raro ver en la novela española.

Gran Réquiem. La novela es por momentos un gran Réquiem, con la fuerza literaria del de Broch y por los diálogos de Julián discurren soberbias sentencias de un clásico, como la frase que le espeta Caronte: “tu experiencia es única, la mía es inmensa”. Clásicos como Chauteabriand, reflexiones que podrían serlo de Montaigne, frases expresas de Baudelaire, van entreverando un diálogo con la gran literatura europea, de la que Guelbenzu se muestra algo más que conocedor.

Es como si hubiese querido, antes del epílogo sobre la mediocridad que ofrece en el soberbio vis a vis de la Muerte y el Diablo que da cierre a la novela, y precisamente para contrarrestar tal mediocridad, volver a traer a la literatura española al aliento de los grandes asuntos que preocupan a los clásicos de todas las literaturas: la Muerte, el Tiempo, el dolor, Dios, los miedos, el sentido o no de la vida. Excelente, por ejemplo, la glosa al Libro de Job, para decirnos que, fuera ya de la realidad virtual y de las situaciones, todavía tiene sentido hablar del dolor, de la esperanza, o de ese canto a la vida que trae el retrato último del hombre que ha aprendido a no saber caminar hacia el futuro y sabe que el único secreto es esperarlo, tranquilo. Porque el futuro viene. Vaya si viene.

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres